ENRIQUE RAMÍREZINICIO

MOSCO AZUL

Enrique Ramírez Capello.
Periodista ————-

Conocí a Hugo Goldsack Blanco en la Carnicería “Gómez” de Limache.

El escenario –quizás- no era el mejor para conocer a una intelectual de tan alta alcurnia.

De todos modos, nuestra amistad con el escritor, poeta y periodista se inició bajo la tenue sombra de las cuelgas de chorizos, longanizas, lenguas de reses y colas de bueyes.

Entre los cortes de postas y osobucos me contó de su nueva vida en Quebrada de Alvarado.

Había llegado a los, entonces, campos solitarios del interior de Olmué a vivir el resto de sus días. No había sido dueño de una existencia muy tranquila.
Tuvo que dejar el Liceo, en los primeros años, luego de la crisis financiera de los años 30, que dejó a su familia en la ruina.

Hizo de todo, hasta convertirse en reportero, pese a que dominaba -especialmente- la historia, la filosofía, los idiomas y las artes. Él decía que un periodista –y un escritor- tenía que saber de muchas cosas. Sobrepasaba, con creces, la media de los “buscanoticias” de entonces y de ahora.

Fue Premio Nacional de Periodismo en Chile y España.

Fui su amigo y discípulo durante sus últimos años en Quebrada de Alvarado.

Entre otras cosas, me enseñó que la poesía no está en las palabras, sino en la vida, y, que no podía existir frontera alguna entre el periodismo y la literatura. Aseguraba que las noticias eran parte de una novela que escribíamos todos los días.

También sabía cosas raras, como la madrugada exacta del florecimiento de los almendros y, aseguraba –como el poeta de esos lares Renán Ponce Vicencio- que sobre el cielo de Quebrada de Alvarado se juntaban un paralelo y un meridiano y que la constante fricción por el movimiento de la tierra había hecho un hoyo en la atmósfera por donde bajaban los ángeles que pululaban, con sus alas llenas de tierras, entre las polvorientas calles del villorrio.

Cuando se sintió cerca de la muerte, me contó una extraña historia.

Dijo que los mapuches solo entierran a sus muertos cuando un mosco azul le salía de sus bocas. Podían esperar varios días hasta que el fenómeno sucediera. Me aseguró, que en el momento del vuelo, el alma del difunto se separaba del cuerpo.

En realidad no le creí mucho su relato. Menos cuando me aseguró que él también se convertiría en un mosco azul en los próximos días.

Para mi extrañeza, Hugo Goldsack  murió en menos de una semana. Había preferido el camino de la incineración, por lo que se hizo suya la frase bíblica del polvo en que te convertirás.

Aunque tengo mis dudas, porque en cada aniversario de la muerte del maestro Hugo Goldsack –que coincide con el florecimiento de los almendros en Quebrada de Alvarado- siempre aparece un mosco azul en mi ventana.

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