EPISODIOS DEL AYER

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Es la reconstrucción del pasado.

Recreación de capítulos que reaparecen entre luces y sombras.

Trazos de mi infancia, según lo que me contaban Virginia y Enrique, mis padres.

El dibujo de mis primeros días no cae inapelablemente en el borrón de la historia.

Me llamo Enrique Erwin porque en casa se apreciaba mucho a Erwin Hess, quien fue mi padrino. Estaba casado con Adriana Godoy.

Ambos me estimaban tanto que le pidieron a mi familia adoptarme.

Pero el amor de los míos era más vigoroso y mantuve la integridad normal.

Él pertenecía a la Fuerza Aérea de Chile. Me parece que era odontólogo.

Tenía una parcela en Malloco, a una cuadra del München, el famoso restaurante de la cerveza.

En esa esquina se iniciaba la Colonia Alemana, que concentraba a profesionales de origen germánico.

El predio tenía 8 y ½ hectáreas, dedicadas exclusivamente a la producción de duraznos.

El matrimonio dejaba media hectárea para ellos y el resto lo vendía a empresas fruteras.

Yo solía caminar tímidamente hasta el fondo, a la casa de don Ernesto, el cuidador.

Construcción de adobe en la que teníamos gratas conversaciones en el ayer. Y en el anteayer.

Erwin Hess era cazador y muchas veces me llevaba.

Yo aportaba mi arma, que disparaba un corcho, amarrado a un cordel.

No sé si era rifle, escopeta o fusil.

Nunca he sabido la diferencia. Tampoco me interesa porque lo fundamental son las almas y no las armas.

Erwin Hess es un personaje que no se pierde en mis recuerdos.

Había una gran hélice de madera caoba, que utilizaba como perchero.

Tuve, posteriormente, otras relaciones con la Fuerza Aérea.

Mi padre era amigo del director de la banda musical y en las fiestas de San Enrique los invitaba a nuestro hogar puentealtino.

Tocaban hasta la madrugada, con el estímulo de unos sugerentes mostos.

Se ubicaban debajo de la escalera y nos hacían bailar a todos con mucho entusiasmo y ritmo.

En Año Nuevo concurrían a la Plaza de Armas y con su música alegraban a gran parte del pueblo, que los aplaudían mucho.

El alcalde, un feriante de apellido Allende, al que le decían “El Gallito”, los contrataba por una tarifa muy valiosa.

En la proximidad de la hora de cierre, vuelvo a la parcela de Malloco.

Mi padrino nunca concretó el afán de adoptarme. Sin embargo, me legó su nombre, aunque mis escasas visitas posteriores me dejaron sin el derecho a la parcela.

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