LA BIBLIA DE LA CARNE

Desde el departamento de mis tíos Esther Urzúa e Ignacio de Rossi, en la calle Biobío, entre Nataniel y San Diego, observaba a miles de vacas que corrían más allá de la plaza.

Eran arreadas por briosos jinetes que las llevaban al trote hacia el Matadero Franklin para que las faenaran.

Algunos llamaban beneficiar a este proceso.

Nunca entendí por qué sería un beneficio matar a los vacunos.

Las acompañaban rudos hombres con delantales con grandes cuchillos al cinto.

Los denominaban matarifes.

Eso fue hace medio siglo. Exactamente cuando el veterinario Miguel Ponce Vergara comenzaba sus estudios en la Universidad de Chile.

Desde entonces se ha consagrado a la investigación, la docencia y la práctica profesional.

El 5 de abril presentó su libro “La Industria de la Carne en Chile”, segunda edición 2016, en la Casa Central de la Universidad de Chile, en la sala Domeyko.

Independientemente de su gran testimonio, comentaron el Decano de la Facultad de Veterinaria de la “U”, Santiago Urcelay, quien destacó los relevantes aciertos de la obra del veterinario puentealtino.

Fue una exposición sabrosa e inteligente, anecdótica y amable con el autor.

Otro exponente fue Claudio Ternicier, Subsecretario de Agricultura.Entregó la voz oficial de modo claro y de categórico apoyo al libro reeditado.

Conozco a Miguel Ponce desde la infancia.

Fuimos compañeros en la Escuela Domingo Matte Mesías, de los Hermanos de La Salle, en Puente Alto.

Integramos la Promoción 61 y nos reunimos todos los años desde hace 56.

Ese día lo acompañamos varios de ese noble grupo.

Ponce dio un discurso riguroso, documentado y científico. Una clase magistral.

Además, apeló a ciertos recuerdos.

Habló de los matarifes, quienes fueron muy bien reseñados por el dramaturgo y librero Luis Rivano -recientemente fallecido- en una obra que rescata la vida de estos obreros de la carne.

Cargaban vacunos en sus hombros y sus delantales estaban siempre manchados de sangre.

Rivano los conoció cuando fue carabinero y durante su servicio militar en 1953, cuando perteneció al Batallón de Administración de la Guarnición de Santiago y fue encargado de entregar carne a otras unidades y hospitales públicos.

Ponce resumió su nutrido currículo con notable talento y detalles muy significativos, que fueron celebrados por el numeroso público.

Advirtió que en 50 años los progresos han sido muy grandes y se ha transitado de lo artesanal a lo industrial.

A quienes creemos en él nos emocionó a fondo.

Con este libro cierra el ciclo de más de 50 años de profesión.

 

 

 

 

CHILE TE ESPERA

Querida Pepa Valenzuela:
“Si nadie hace la revolución, yo la hago”.
Así sentenciaban algunos discípulos de Jacques Maritain, filósofo e ideólogo cristiano.
No era un ejercicio de egolatría.
En sustancia, una convicción. La certeza de que la armonía social es responsabilidad de todos y que uno no debe marginarse.
La integración de la comunidad requiere y exige un fruto maduro, refrescante y alentador.
En la vitrina pública se exhiben virtudes y defectos; progresos y retrocesos; esplendor y silencio.
No nos refugiemos en la crítica sin el respaldo de la autocrítica.
Disparar es fácil; matar es hostile irracional.
Tu ensayo es una mirada cítrica.
En lo esencial, tiene muchos argumentos válidos.
Vives en Nueva York y la distancia te permita observar con catalejos y catacerca.
Evocas el pretérito con espíritu algo ácido. Pero creo que no se acerca al prejuicio ni a la discriminación.
Rescatas anécdotas desde tu infancia en las que recuerdas vulgaridades, atentados sexuales e insolencias.
El panorama es gris y a ratos categóricamente negro.
Tu tesis es interesante, valiosa y enérgica.
La comparación de tu país de origen con el multidesarrollado en que vives hoy es atractiva.
Se puede compartir y Chile te espera para que contribuyas a la nobleza algo extraviada.
Y recuperar la pérdidas que sientes que son repetitivas.
Tú tienes las llaves para abrir el pórtico de la inteligencia, la cultura y el talento.
Debemos admitir que hay corrupción y eso te hiere mucho.
Nos hiere.
La política es monótona, sin raíces en la idiosincrasia.
No te amargues.
Regresa a apoyar los cambios significativos.
El país está abierto para escuchar tu voz, que se sumará a otras con alegría, prontitud y fuerza.
No traigas decepción ni desencanto.
Muchos coinciden con tu crítica y me lo han dicho con entusiasmo.
Ellos y tú tienen el deber ético de estimular las modificaciones para un cuadro decente, libre y pluralista.
No luches contra la nostalgia ni te escandalices con los trazos del pasado.
Tampoco renuncies al meollo de tu escrito porque es valiente, justo y alentador.
Pepa: cuando retornes a Chile trae tu sonrisa y tus soluciones, tus aciertos y propuestas; tus sugerencias e inclinaciones.
Te reitero: tira una malla para atrapar la afirmación inicial: “Si nadie hace la revolución, yo la hago”.

RETAZOS DE MI INFANCIA

Nací ceRca de la iglesia del Arcángel San Miguel, en los aledaños del parque Subercaseux.

Tengo el desdibujo de mis pasos inaugurales porque mis padres -Virginia e Enrique- se mudaron muy pronto.

Deambulamos por distintos barrios.

Hoy evoco cuando con mis hermanos Claudio y Patricia vivimos en San Diego.

Mi papá trabajaba en la fábrica de calzados Aicaguery Duhalde, donde está el mercado persa de artesanías y antigüedades.

Años después nos fuimos a Puente Alto, a la población Maipo con casas pareadas de dos pisos.

Todos los vecinos nos conocíamos y muchos ampliaron las viviendas porque los patios eran muy amplios.

Había carpinteros, sastre y el padre de los Castro, que conducía un cochecito para distribuir el pan.

La leche la entregaban en un gran jarro de aluminio porque a pocas cuadras existía un establo.

Los hermanos mayores (Agustín nació muchos años después) hicimos la Primera Comunión con tenida muy formal.

Mi mamá nos engominaba y nos llevaron donde Carreño, el fotógrafo más famosos de esos tiempos.

Con Claudio usábamos pantalones cortos y un encintado en los brazos.

Patricia vestía absolutamente de blanco y nos hacían posar con mucha solemnidad.

En esos días trotaban coches victoria por la calle Concha y Toro.

Cuando alguien se subía al pasante trasero muchos gritaban “huac atrás”, en una advertencia para que obligaran a bajarse del coche.

Siempre observamos a un huasito que iba con su manta, acompañado de su padre.

Mi hermano Claudio precisa que el pequeño jinete se llamaba Hugo.

En la plaza principal seguíamos los desfiles de los militares del regimientos Ferrocarrileros número 1.

Desde ahí partía el tren hacia el Cajón del Maipo hasta a El Volcán.

Estuve dos años en la Escuela Centralizada.

Después todas las preparatorias y humanidades en la Escuela Domingo Matte Mesías, que dirigían los Hermanos de La Salle.

Era la escuela cristiana.

Con un grupo muy amplio fuimos compañeros por un gran periodo

Recuerdo con cariño a todos los profesores que me hicieron clases: Guillermo Pino en Tercer Año; el hermano Roberto, en Cuarto, quien nos diseñaba plantillas de cartón cuando llovía para mandarnos a nuestras casas.

En Quinto el profesor Víctor Donoso, quien nos leía “Corazón”, de Edmundo de Amicis.

En sexto el hermano Víctor, quien con los años se convertiría en sacerdote.

En Humanidades fue muy importante y memorable el hermano Enrique, profesor de inglés y gran deportista.