EL PASTOR Y SU REBAÑO

Uno de los cambios más importantes en la forma de hacer política es la relación que se da entre el dirigente y la ciudadanía. Si antes bastaba con que el partido diera una instrucción para que todos los militantes, adherentes y simpatizantes la siguieran sin cuestionamientos, ahora el ciudadano quiere ser convencido. No le bastan las instrucciones y requiere explicaciones.

Por eso resulta difícil poder afirmar que un partido determinado tiene un porcentaje asegurado en una elección, y menos cuando el porcentaje de militantes ha venido disminuyendo en forma sostenida en el tiempo.

Las personas están expuestas en la actualidad a muchas más fuentes de información y estás corresponden a todo el espectro político. Son muy pocos los que han podido desarrollar la capacidad de hacer oídos sordos a lo que se transmite en los medios de comunicación, las redes sociales o la calle. Lo usual es que, al menos, tenga la información necesaria para dejarse tentar por la duda de vez en cuando, incluso sabiendo la orientación partidista del origen de la información.

Aunque la prensa sea imperfecta y la información pueda ser más propaganda que hechos objetivos, el darse cuenta que un dato determinado es replicado por personas en las que se tiene confianza, o que la réplica a la acusación no sea del todo convincente, produce en la mente de las personas una creciente necesidad de tomar decisiones por sí mismo porque una de las primera necesidades del ser humano es reducir la falta de certeza.

Si la afirmación del dirigente antes era determinante, ahora es un elemento más a tomar en consideración, y ello lleva inevitablemente a que el pastor no pueda asegurar de modo efectivo un comportamiento determinado por parte de sus corderos.

El principal problema es la cantidad de información falsa que circula en todos los ámbitos. El efecto del rumor es superior a cualquier antecedente serio y es muy difícil refutarlo y más aún evitar que produzca un efecto.

La propia decisión de algunos políticos de sumarse a la generación de información falsa y tendenciosa puede producir resultados imprevisibles, ya sea que sean descubiertos o no y es por eso que siempre resultaba preferible la honestidad y la transparencia al engaño y al afán de ocultar situaciones que en estos tiempos son imposibles de mantener escondidas. No es que la gente sea más inteligente o educada que antes, sino que desconfía más y eso conduce a dudar de todo como una regla básica.

PREGUNTAS…

¿Por qué la mujer es aguda y el hombre grave?

¿Cuántas personas son la gente?

¿Es posible eliminar el odio?

¿Qué hace al polvo?

¿Cuándo se empieza a nacer?

¿Cuánto tiempo toma una decisión?

¿Se guardan las revistas?

¿Quién será el próximo?

¿De qué se alimenta el olvido?

¿Por qué baila el agua que hierve?

¿Cuántos son los amores?

¿Se siente bien sentarse bien?

¿Las maldiciones pueden tener el aspecto de bendiciones?

¿Todas las horas pesan igual?

¿Es prudente creer todo lo que crees?

¿A qué se regresa cuando se regresa?

¿Cómo se mueve una mujer?

¿Es lo que se muestra o lo que se insinúa?

¿Es peligroso que una mujer se corte el pelo?

LO CORTÉS NO QUITA LO VALIENTE

Nadie podría negar el derecho a los que quieren impulsar cambios revolucionarios a hacerlo, siempre que cumplan con ciertas exigencias mínimas, dentro de las que se incluyen el acatamiento a la democracia, que es la que establece dónde está la mayoría de un país, y el respeto a las minorías, porque imponer un modelo político y económico determinado no es democrático cuando significa negar los derechos humanos de los opositores, así como entendiendo que un cambio revolucionario se define por la profundidad y no por la violencia.

Así se ha entendido en nuestra historia nacional -salvo contadas excepciones- y sería absurdo tratar de inventar la rueda ahora cuando lo que se requiere es responsabilidad y seriedad. Decir que lo cortés no quita lo valiente supone reconocer tanto el derecho de plantear con firmeza las convicciones en un contexto determinado como mantener niveles básicos de cortesía.

Lo de sostener que “el pueblo” quiere tal o cual cosa es aprovecharse del lenguaje para decir que es uno el que aspira a un objetivo determinado, y ese es además el principio de los populismos, los voluntarismos y la demagogia, crítica que le cabe a todos los sectores políticos.

La consecuencia es una actitud difícil de mantener, pero es una exigencia cuando se trata de apelar al respaldo ciudadano. Las posiciones valóricas no pueden depender del apellido sobre quien se opina y caer en esa trampa conduce directamente a la ambigüedad.

Se tiende a pensar que la libertad de pensamiento es absoluta, pero no lo es desde el momento en que vivimos en sociedad y eso implica acatar un conjunto de reglas para la convivencia. En la intimidad del hogar cada uno tiene una libertad relativamente mayor, en la independencia absoluta que es vivir como ermitaño también, pero ese no es el ámbito en el que se desarrolla la tarea de conducir un país en el que se piden servicios que tienen que ser financiados de alguna forma.

Por otra parte, se sigue sosteniendo un debate político en torno a definiciones doctrinarias que vienen del siglo pasado y antepasado, sin considerar las nuevas exigencias que ha planteado la realidad, como las reivindicaciones femeninas, la protección del medio ambiente y los derechos de las minorías (indígenas, discapacitados).

Esos temas requieren también valentía y cortesía, en especial cuando se constata que los antiguos moldes no parecen ser capaces de ofrecer soluciones eficientes.